Con tres heridas

Ilustración Francina Cortés

Ilustración Francina Cortés

Por Gustavo Duch * | @gustavoduch 

Esos primeros centímetros de suelo que cargados de nutrientes lo hacen fértil y productivo; las gotas, la humedad que permite a las plantas absorberlos y llevar a cabo la fotosíntesis que las hace crecer; y la sangre que nos mueve. Son los tres elementos básicos que permiten a la humanidad cultivar y cosechar los alimentos que nos dan y garantizan la vida. Pero en muchos lugares del mundo, la tierra, el agua y el sudor -cual tres heridas- son explotados para un propósito muy diferente a la sostenibilidad de la vida: la simple acumulación de capital.

Así vemos cómo los incalculables beneficios económicos que genera el aceite de palma son directamente proporcionales a las enormes pobrezas de países donde crece la palma, como el Congo. Vemos que las muchísimas hambres de Paraguay se corresponden a los muchísimos beneficios de la producción de soja que allí es monocultivo de pocos. O que la economía de Israel genera gran cantidad de ganancias a partir de una agricultura que nada hace por mantener la vida, al contrario, la hiere tres veces, hasta matarla.

Eso podemos concluir cuando leemos el reciente informe de la organización Human Rights Watch (HRW) llamado ‘A punto para el abuso’, en el que se denuncia una vez más cómo las haciendas agrícolas israelís, ilegal e injustamente instaladas en asentamientos en Cisjordania, son un impedimento absoluto para que la población palestina de la zona pueda sacar sus vidas adelante.

Se trata de una economía agraria sustentada en la triple usurpación de los recursos mencionados. Con muros y ejércitos, las haciendas están ocupando las mejores tierras del valle del Jordán. En concreto de sus 160.000 hectáreas, Israel ya se ha apropiado más de 125.000, o lo que es lo mismo, millones y millones de toneladas de materia orgánica, minerales, microorganismos… Ubicadas mayoritariamente sobre los acuíferos de la zona, ejercen un control y acaparamiento del agua casi absoluto para su agricultura de regadío intensivo. Y, duele escribirlo, entre las manos que las trabajan hallamos cientos de niñas y niños palestinos que cambian la escuela por peligrosos y malpagados trabajos en las haciendas para ayudar a sus familias y porque otro futuro ya no creen tener.

Pero su presente son duros trabajos agrícolas y el relato de los 38 menores entrevistados por HRW lo constata: «Dijeron que habían padecido náuseas y mareos. Algunos afirmaron haber sufrido desmayos mientras trabajaban en verano a elevadas temperaturas, que a veces superan los 40 grados a la intemperie, y son incluso mayores dentro de los invernaderos donde trabajan numerosos menores. Otros menores -continua el informe- dijeron que habían sufrido vómitos, dificultades respiratorias, irritación en los ojos y erupciones cutáneas tras haber rociado plaguicidas o haber estado expuestos a ellos, incluso en espacios cerrados. Algunos afirmaron sufrir dolores de espalda tras cargar pesadas cajas con productos o llevar contenedores mochila con plaguicidas».

Y este ultraje, ¿dónde encuentra los réditos? ¿Qué dinero circula para consolidar lo que bien podríamos considerar un segundo apartheid? Gracias a muchas movilizaciones sociales, como por ejemplo la campaña internacional BDS, Boicot, Desinversiones y Sanciones, sabemos que muchas de las verduras y frutas producidas en estos asentamientos son exportadas a Europa y que se ofrecen en muchos comercios y supermercados etiquetados sin ningún rubor con un inofensivo ‘Made in Israel’. El producto estrella son los preciados dátiles medjoul que nos llevamos a la boca sin saber que la mayor parte de ellos han sido cultivados sobre tierras expropiadas a la población palestina.

El informe de HRW es contundente también en cuanto a sus conclusiones y recomendaciones, afirmando que tanto las políticas israelís de ocupación de territorios con estas fincas como la explotación de menores son graves violaciones de los derechos humanos y que, desde luego, «Israel debería desmantelar los asentamientos y, mientras tanto, prohibir que los colonos contraten a menores, conforme lo exigen las obligaciones asumidas por Israel en tratados internacionales sobre derechos de los niños y los trabajadores»; así como «otros países y empresas deberían concluir las relaciones comerciales con los asentamientos, incluídas las importaciones de productos provenientes de estos».

Situaciones como esta nos hacen entender que el pensamiento hegemónico de reducir la economía a la generación de riqueza monetaria nada tiene que ver con su función de satisfacer las (verdaderas) necesidades humanas. Y añado, que frente a economías de muerte, el boicot se convierte es un gesto de amor para la vida.

(*) Gustavo Duch. El Periódico de Catalunya.

Otra Nota >> Lolita Chávez: El poder del NO

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