
Llenar un changuito, entre la pesadilla y la fantasía
Por María Eugenia Boito y Juliana Huergo

El último viernes 13 de marzo varios medios de comunicación informaron acerca de las largas colas en supermercados. El temor al desabastecimiento produjo un colapso en la atención a los/as clientes/as. El imperativo de “stockearse” operó como fantasía de protección frente al fantasma del coronavirus y del aumento de los precios. La gente se acercó a comprar principalmente alimentos (sobre todo no perecederos: aceite, arroz, fideos, leche), bebidas (gaseosas y agua mineral), productos de limpieza (particularmente papel higiénico, desinfectantes y repelentes) e higiene personal (alcohol líquido y en gel).
Las escenas que se compartieron describen changuitos llenos, pasillos con embotellamiento de personas, largas colas y góndolas sin productos. Referentes de cadenas de supermercados también refirieron un aumento de las ventas online hasta un 150%, y caída de algunas plataformas digitales producto del inusitado uso. En lo que respecta a Córdoba, asistimos a similares imágenes, una de ellas fue las cinco horas de cola en Tarquino.
En cuanto al aumento de precios, de acuerdo al INDEC, la inflación de enero fue de 2,3%. El rubro que más aumentó fue “Alimentos y Bebidas” en un 4,7%, junto a “Recreación y Cultura” en un 5%. Una de las explicaciones responde a la eliminación del IVA 0. A su vez, los productos afectados por la regulación de “precios cuidados” aumentaron un 1,1%. Los alimentos que más subieron de precio fueron: azúcar (14,7%), carne picada común (13,5%) y papa (13.2%). Todos ellos son centrales en la alimentación cotidiana de familias pertenecientes a sectores socio-segregados. La inflación de febrero se ubicó en 2%, siendo la menor en los últimos dos años. Esto se traduce en precios interanuales más altos en un 50 %, y acumulan en lo que va del año un aumento de 4.3%. Sin embargo, en las escenas del 13 de marzo se jugó algo más que la inflación: aumento de precio por exceso de demanda provocada por los temores y compulsiones que genera la amenaza del coronavirus.
Este bombardeo de noticias ha eclipsado las “vueltas al súper” de las clases subalternas producto de la Tarjeta AlimentAR. Esta estrategia forma parte del Plan Argentina contra el Hambre que intenta fortalecer las acciones del Programa Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional (Ley Nº 25.724 / 2002) en el marco de la Ley de Emergencia Alimentaria Nacional (Ley 27.519/ 2019). Está destinada a madres y padres con hijos de hasta 6 años de edad que reciben la Asignación Universal por Hijo (AUH); embarazadas a partir de los tres meses que cobran la Asignación por Embarazo; y personas con discapacidad que reciben la AUH. Establece un monto de entre 4 mil y 6 mil pesos mensuales, no acumulable, depositado el tercer viernes de cada mes, para comprar todo tipo de alimentos, excepto bebidas alcohólicas. Se promueve enfáticamente la compra de leche, carnes, frutas y hortalizas. Sólo puede usarse en comercios que tengan terminal electrónica de pago tipo POS. De acuerdo con información oficial del 6 de marzo, ya se entregaron un millón de tarjetas alimentar en diez provincias argentinas.
En la ciudad, desde el Centro de Almaceneros de Córdoba informaron que, los últimos dos meses, se han acelerado en un 7.5% las gestiones para contar con este dispositivo: 24.700 de 68.000 comercios ya lo tienen. Especialmente, los comercios de barrio: pequeñas y medianas carnicerías, verdulerías, pollerías, fiambrerías y panaderías. Para propiciar esta acción se bonificó el costo de la terminal electrónica por un tiempodeterminado a partir de un convenio entre el Ministerio de Desarrollo Social, Ministerio de Comercio e Industria, bancos Nación y Córdoba; complementariamente, se ofrecen capacitaciones acerca de su uso. También estas dinámicas se están instalando en el interior provincial. Las 117.000 tarjetas distribuidas en nuestra provincia representan el ingreso de 588.000.000 de pesos en las economías locales como una promesa de mejora de las ventas frente al panorama desfavorable del último tiempo. En las Capacitaciones recibidas en FORJA –durante la primera semana de marzo–, uno de los días de entrega de tarjetas se aclaró que las compras sólo pueden realizarse en locales que tengan posnet, dado que permite llevar registro del detalle de la compra; operatoria que no posibilita la utilización de Mercado-Pago.
Este no es un problema para los grandes centros comerciales en los cuales se puede comprar mediante los más variados medios de pago; incluso pueden encauzar el uso de la tarjeta alimentaria, tal como exponemos a continuación.
La vuelta al súper: desde casa
La “vuelta al súper” desatada por el coronavirus y la tarjeta alimentAR expresa la emergencia de construcciones ideológicas que cada vez nos separan y segregan más:
#quedateencasa
#novayasalugarespúblicos
#comprainteligente #mimejorcompra.
Pero, interpelándonos a todos/as por igual como consumidores/as. Aunque, algunos/as bajo la modalidad a “distancia” por comodidad (compras on-line) –ahora por medida de cuidado- y otros bajo la modalidad “siempre a distancia” –por medida de seguridad-. Por
ejemplo, en relación a la modalidad “siempre a distancia”, en la plataforma digital de un
emplazamiento comercial de grandes dimensiones radicado en la ciudad, que cuenta con varias sucursales, nos encontramos con la siguiente cartelera: “Recibimos Tarteja AlimentAR para compras web. “Productos de: almacén, frescos”, junto al logo de Argentina contra el hambre. Es decir, el uso de la tarjeta social supone la práctica de compra mediatizada, desde/en el espacio virtual.
Raj Patel, economista y sociólogo hindú, sostiene que luego de las unidades de cuidados intensivos de las instituciones de salud, los supermercados son “ambientes obsesivamente monitoreados”. De manera permanente empresarios invierten en estudios abocados en garantizar la “mejor compra”: precios más bajos, reposición rápida de productos, control permanente de inventario, atmósfera que ayude a olvidar que se está comprando y permita conectar con una experiencia de disfrute. El estudio de los ambientes sugiere una iluminación cálida, colores amigables a la vista pero a la vez llamativos, música de ritmo
lento que presente cierta familiaridad, aromas que inviten a los cuerpos a seguirlos para encontrarse con la panadería, productos más comprados (como la leche) ubicados al final así tenemos que recorrer góndolas y góndolas de variadas mercancías hasta dar con ellos.
Y, otro detalle fundamental, las tarjetas “clientes” propias del supermercado. Quien resulta más estudiado en estos espacios pero de forma desapercibida somos nosotras/as las/os consumidoras/es. Utilizar tales dispositivos (tarjetas clientes) permite asociar:
nombre- dirección- hábitos y preferencias de compra. Y, de esta manera, direccionar aún más el marketing hacia lugares cada vez más personalizados. Si la primera innovación de acuerdo a Patel fue el autoservicio (sacar la mediación entre consumidor/a y la mercancía, junto al entrenamiento para operar en esta nueva vinculación), la segunda se relaciona con el marketing (mensajes personalizados a diferentes segmentos de clientes/as).
Los supermercados como “inventos patentados” surgen en Estados Unidos a principio del siglo XX, en el marco de una época de abundancia sin precedentes. Se producía más delo que podía llegar a consumirse, aún teniendo el dinero para realizar la compra. Al no
necesitarse, no se adquirían. La forma de persuadir hacia nuevas prácticas de consumo fue bajar el precio. Inicialmente, no existían corporaciones dedicadas exclusivamente a la venta al detalle sino que quienes manejaban la alimentación eran grandes firmas
procesadoras y distribuidoras de alimentos dado que sus economías de gran escala permitían garantizar precios más bajos en relación a los costos de manufactura. Comercializaban alimentos, pero no tenían contacto con consumidores/as. Fue una
empresa de transporte llamada Atlantic & Pacific Tea Company (conocida como A&P), la que empezó a delinear esta logística. No obstante, la propuesta de venta al detalle era más de lo mismo existente en aquella época: clienta/e alejado físicamente del producto, solicitándolo al vendedor/a. La primera Guerra mundial que trajo consigo aumentos de
precios, gran tracción de los comerciantes para bajar los costos y consumidores/as dispuestos/as a buscar mejores ofertas. En este marco, el minorista Clarence Saunders abrió el primer King Piggly Wiggly en Memphis, Tennessee. La primera tienda de
autoservicio. Esta novedad generó la revolución minorista al transformar la relación comprador-vendedor bajando costes: cada quien comenzaría a encontrarse con su mercadería de manera autónoma en una geografía interna dispuesta para garantizar una
eficaz circulación (se ingresa, se pasa por un torniquete, se toma un canasto o carrito, se pasea por el laberinto de góndolas y se llega a la caja donde se abona antes de salir). Todo ello también involucraba un componente de entrenamiento al cliente en este tipo de ventas (instrucciones a la vista). Patel considera que el supermercado es “la primera fábrica de consumo” que lleva implícito un “adoctrinamiento pacífico”. En este sentido, son “los grandes gigantes de los sistemas alimentarios”.
De acuerdo a Walter Benjamin, el capitalismo es “el culto más extremo que haya existido”, es practicado todos los días generando una consciencia de culpa y deuda por no ser tan productivos como socialmente se espera (el dinero nunca es suficiente). La redención no es una posibilidad en este culto. La solución a los fantasmas que nos acechan hasta la desesperación (hoy coronavirus) parecen resolverse por la vía del consumo
individual en el mercado. Por tanto, la desesperación forma parte del estado emocional mundial esperado. La mímesis respecto de la no esperanza de otra salida posible, instala la fe ciega en los escenarios triunfantes que promete el capital a futuro. Preocupaciones e
inquietudes a las que antiguamente apelaban las religiones. En este sentido, Benjamin compara las imágenes de santos de diversas religiones y los billetes de diferentes Estados; volviendo evidente el desplazamiento del fetichismo, hoy devenido tarjeta. Habitamos de manera desapercibida la paradoja de estar desesperados por el consumo y, al mismo
tiempo, salvados por él.
Entonces, nos preguntamos acerca de ¿Qué es lo que no estamos mirando desde las anteojeras que nos provee este culto? 1) La excepción para muchos/as, es regla para otros/as. La táctica de construirse como beneficiario/a de políticas públicas para gestionar
recursos que no se llegan a adquirir vía trabajo requiere de mucho tiempo vital invertido en hacer colas: tarjeta AUH, tarjeta alimentar, tarjeta asignación por embarazo. El mundo de la pobreza es el mundo de las colas y las tarjetas. 2) El hambre como venimos
planteando se ha vuelto paisaje junto a la pobreza. Por eso ya no lo vemos, cuando contradictoriamente son los cuerpos con hambre los más susceptibles de sufrir un
contagio por cualquier tipo de virus. “La trágica necesidad de comer” no es semejante para unos/as y otros/as: stockearse versus sobrevivir. En un texto que realizamos en el año 2011 hicimos referencia a la asociación entre hambre y escenario de batalla. No
obstante, en las escenas compartidas inicialmente ¿quién lucha? ¿contra qué se lucha? Selucha por un miedo al hambre individual en caso de darse una situación de cuarentena generalizada. La batalla de los cuerpos que padecen hambre ha quedado por fuera de lo noticiable, excepto que se produzca una muerte. En un sentido contrario a esta agenda, Josué de Castro –médico, sociólogo y ensayista brasileño- afirma que han muerto más personas por hambre que por guerras o epidemias a lo largo de la historia de la humanidad.
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