
Los pochoclos de Porta
Compartimos un análisis del Grupo Reflexión Rural sobre el caso de la fábrica productora de bioetanol en barrio San Antonio. El próximo lunes 07 de agosto se realizará una audiencia de conciliación, con exposiciones y convocada por justicia federal.
Por Grupo Relexión Rural
Si apelamos al imaginario colectivo sobre la palabra “Industria”, la primera asociación que haríamos seria “Producción”, y en los escenarios globales presentes la vincularíamos al “Mercado” en algunas de sus distintas expresiones: Industria del Hardware, Industria del Plástico, Industria de los Materiales, Industria de la Energía, Industria Ganadera, Industria de la Alimentación, Industria de la Moda, Industria del Cine. Quizás sin darnos cuenta todas ellas sostenidas por una economía dependiente de un insumo en particular: el maíz.
¿Qué tiene que ver la industria del cine con el maíz? Parecería una salida fácil entender que la producción de maíz pisingallo es el principal motor económico de las salas de cine devenidas en shoppings que mueven un gran consumo de snacks, nachos y pochoclos (más allá del jarabe de maíz de alta fructosa de los refrigerios y golosinas). Pero si empezamos a desmenuzar la industria del cine en las variables del mercado nos daremos cuenta de la dimensión que significa. La Argentina es el primer exportador de maíz pisingallo, y el tercer país de América Latina con más asistentes a sus salas de cine (cultura colonizada por EE.UU. en materia de consumo). Si cotejamos estos indicadores y entendemos que el 80% de la rentabilidad que una sala de cine tiene es por la venta de pochoclo (el 20% restante es por el valor de la entrada), podremos resolver la ecuación que demuestra porque una sola sala de cine puede llegar a vender media tonelada de maíz pisingallo en un día cargado de películas “pochocleras”.
Lo paradójico es que la intención primaria de asociar el maíz a la industria del cine no fue casualmente la producción y consumo de maíz, sino mas bien el paradigma “pochoclero” de la cultura cinéfila, como una representación de la cultura del mercado que hoy nos gobierna. Sin importar la ausencia de eventos transgénicos en el maíz pisingallo; cada una de las manifestaciones industriales es un grano sobre la aceitada sartén del mercado.
Aquí es donde tendremos que olvidarnos de considerar al maíz como el símbolo de nuestra América Profunda, para comenzar a reconocerlo un commoditie más en las pasarelas que el mercado impone para cubrir las demandas de consumidores dirigidos por el mismo modelaje. Imagen no muy alejada de la realidad, ya que el maíz modela literalmente las pasarelas del diseño textil a través de la multinacional Dupont que ha desarrollado la fibra sintética Sorona, a base de maíz. Pero la industria de la moda no es la única.
Ya es sabido, para cualquier consumidor un poco inquieto, que las botellas plásticas PlantBottle de Coca Cola 500ml están hechas en un 30% a base del tallo de maíz, y otras empresas comenzaron a fabricar sus botellas con la misma tecnología.
De la misma forma que en su momento Bill Gates fuera Microsoft y Steve Jobs fuera Apple, asistimos a una nueva revolución tecnológica que permite materializar en un objeto pequeño cualquier idea salida de un ordenador. Hoy Bre Pettis es MakerBoots, la primer Impresora 3D doméstica marcando la cancha sobre qué tipo de insumos deberían fabricarse para sostener la creciente demanda en la Industria del Hardware. En este sentido hubo una decisión de que el “papel” de estas impresoras 3D, o sea el filamento que se utiliza para imprimir, fuera de PLA (Polímero de Ácido Láctico) derivado del almidón de maíz. La decisión de que todas las impresoras 3D familiares del futuro impriman con maíz, demandará una producción de monocultivo solamente comparable con la cantidad de bosques de eucaliptos transgénicos destinados a las hojas de las impresoras de papel.
Obviamente la industria de la construcción ya está influenciada por “ladrillos de maíz”, como en su momento el fenómeno socioeconómico de “ladrillos de soja” inundó de una explosión inmobiliaria los sectores acomodados a principios del 2000, y continuará el movimiento de capitales por distintos sectores de la industria según donde soplen los vientos inversionistas.
Un ejemplo de algunos de los beneficiarios, parte del engranaje de cadena de valor comercial, en este modelo de producción de commodities, es José Porta, cordobés hijo de PORTA Hnos. Admirador de los empresarios Pagani, Astori, Scarafía, y Minettii, quien luego de dedicarse al sector inmobiliario y agrícola, sucediera a su padre en la dirección de la Empresa PORTA Hnos. No sería de extrañar que pudiera seguir también los pasos políticos de su padre, quien fuera ministro de producción durante el gobierno radical de Eduardo Angeloz, en el gatopardismo coherente a los gobiernos empresariales. Este año, como miembro CREA Ctalamochita, obtuvo la medalla de oro Ternium-Expoagro a la Innovación Agroindustrial (por las Mini Plantas Destiladoras MiniDest). Este simple hecho es de fuerte carácter icónico, para entender que hoy es el fiel representante de lo que denunciamos: La Patria Pochoclera.
En Córdoba se produce casi el 70% del bioetanol a base de maíz y el 40% de todo el etanol argentino. PORTA, como tantas otras empresas eslabones de la Cadena de Valor del Maíz, ha logrado entender que la plataforma económica y científica iniciada por la Revolución Verde de la Soja Kirchnerista que sancionara la ley 26.093 de promoción a los biocombustibles, fue el basamento necesario que permitió escalar a la Revolución Amarilla del Maíz de la “Alegría”. Pruebas de ello son los impactos que tuvo la quita de retenciones por el macrismo, permitiendo un viraje productivo de 500.000 Has. hacia el Maíz en solo tres meses.
En este nuevo escenario hubo una explosión industrial, demandante de este insumo, hacia los sectores más subsidiados de una economía en crecimiento que nunca midió el impacto socio ambiental de su producción: energía (bioetanol), alimentación (aceite de maíz y gas carbónico), forraje (carbonato de calcio y burlanda). Todos insumos industriales producidos por PORTA Hnos., como una gran máquina de externalizar costos ambientales y sociales. Aun bajo la hipocresía de las estructuras de Cerficación ISO 9001 e ISO 14001 sobre la ingeniería de procesos, que desde la burocracia de sus auditorías termina avalando que una planta de biocombustible permanezca instalada a 30 metros de una vivienda familiar, siendo la única en el mundo instalada dentro de una ciudad.
Lo paradójico es que PORTA no está inscripta en el Registro de Empresas Elaboradoras de Biocombustibles por Resolución 419/98, (Ministerio de Energía y Minería de la Nación), incurriendo en la ilegalidad absoluta de su producción desde principios del 2012, cuando inició la producción de bioetanol asociado a las empresas BIO4 y Alfa Laval. También incurre en ilegalidad Provincial al no presentar Evaluación de Impacto Ambiental y no realizar Audiencia Pública como prevé la Ley Nacional Nº 25675 (Ley General del Ambiente).
Esta economía basada en la dependencia de insumos es la responsable de la gran mayoría de las patologías socio ambientales del mundo actual. No podemos hablar del maíz como alimento cuando su principal destino en la tipificación de esta industria es la producción de jarabe de maíz de alta fructosa (JMAF), principal responsable de las estadísticas de obesidad infantil en el mundo, presente en cada uno de los alimentos industrializados. Su monocultivo produce el desmonte de la diversidad alimentaria que demandan comunidades campesinas y originarias. Nunca se han iniciado las pruebas suficientes sobre inocuidad alimentaria de ninguno de los eventos transgénicos destinados a sostener la producción extensiva de maíz. Y está demostrado como la potencial residualidad de agroquímicos en grano, y la deriva de los mismos en las pulverizaciones agrícolas, son los responsables de una gran cantidad de enfermedades inmunosupresoras, epidérmicas, respiratorias, y teratogénicas.
Es incoherente hablar del maíz como insumo de calidad forrajera siendo el responsable, junto a la soja, del desplazamiento y hacinamiento de la gran mayoría del ganado a los feedlot, que disminuyera gravemente la calidad de la carne.
Por otro lado la tendencia mundial va en el sentido de migrar su matriz de producción alimentaria al sector energético, secuestrando el precio del maíz a la oferta y demanda de combustibles, por sobre las necesidades alimentarias de los pueblos empobrecidos. Solo como un indicador de las amenazas que tiene la producción de alimentos, en la creciente economía dependiente de los combustibles, todas las naftas hoy tienen un corte de 12,5% (camino al 26%) en bioetanol. Si a esta realidad le agregamos las voluntades políticas del Gobierno Nacional que acaba de declarar al año 2017 como el Año de las Energías Renovables con la firme intención de fortalecer la licencia social de los biocombustibles como alternativas ecológicas frente al ya reconocido cenit de petróleo.
Hay conceptos nuevos, como huella ecológica, huella de carbono o huella hídrica, que no han logrado comprenderse socialmente; y hay otros que creen entenderse, como sustentabilidad y sostenibilidad. Por eso mismo empresas como PORTA cargan el maquillaje verde de su “responsabilidad social” eligiendo sustentabilidad y huella de carbono, que en sí mismo no son indicadores reales de la sostenibilidad y de la huella ecológica. La huella ecológica expresa un acercamiento al impacto integral sobre la complejidad de un ecosistema, en el que se asienta una determinada actividad antrópica, incluso considerando sus ciclos en la capacidad de regeneración autónoma de los Ecosistemas. Mientras que la huella de carbono se reduce a cuantificar solo las emisiones de GEI (Gases de Efecto Invernadero). Por ello, empresas como PORTA, se anticipan a definir sus políticas empresariales bajo los conceptos que ofician como instrumentos del Capitalismo Verde para justificar “eco-amigablemente” las grandes extensiones de monocultivo de soja, eucalipto, palma y maíz. Políticas que al mismo tiempo les permiten un ingreso cuantitativo de subsidios y exención de impuestos por entrar en los perversos mecanismos de la comercialización de Bonos Verdes de Carbono. Una prueba de ello es la ratificación de que dichas políticas de Estado se inscriben en las recientes recomendaciones adoptadas en la Cumbre Climática de París (COP21), en un evento de combustibles del futuro realizado en la Semana Verde de Berlín.
Esto es apenas una muestra de las trampas que ofrece el sistema, al imponer la adjetivación de atributos que deberíamos entender en el espíritu propio de la naturaleza.
Manfred Max Neef dice “Si el desarrollismo fue generador de pensamiento, el monetarismo ha sido fabricante de recetas… Las dos han pecado de mecanicistas y de provocar resultados económicos concentradores. Para el neoliberalismo, el crecimiento es un fin en sí mismo y la concentración se acepta como una consecuencia natural. Para el desarrollismo, el crecimiento es una condición económica que conllevará desarrollo. Ambas suponen que la concentración estimula el crecimiento lo cual es demostrable estadísticamente pero, mientras el neoliberalismo no ve necesidad alguna de limitarla, el desarrollismo, que sí le reconoce límites, no logra controlarla” Y en ese intento desesperado se comete el error de adjetivar al desarrollo como “Sustainable” (Informe Burtland 1987) para dar un marco conceptual limitante, que derivó en la confusión ingenua o trampa especulativa de una doble interpretación: ¿Sostenible o Sustentable?.
PORTA aprovecha dicha confusión, e instrumenta su política amparándose en el nuevo escenario global “contra el cambio climático” y utiliza las herramientas “verdes” que el mercado inventa, la licencia social que se le da a la propiedad intelectual de la omnipresencia científica, la connivencia del Estado en omitir el cumplimiento de leyes tibias y el origen de estas mismas leyes construidas con la misma intención: permitir que el sistema de derechos de protección del capital se mantenga por encima de las necesidades básicas para una vida digna, o los Derechos Humanos a un Ambiente Sano.
Sin embargo, la sociedad adormecida por una ingeniería social del consumo se mantiene alejada del compromiso político y adopta posicionamientos que se legitiman en una opinión pública orientada por el mismo modelo de producción que la diseña. Entonces, no es casual que las banderas que levanten algunas organizaciones sociales no vayan en el sentido de desarmar el modelo, sino más bien en conseguir adaptarse a las reglas que el mismo sistema de derechos impone. Investigadores socio ambientales y ecólogos del mundo vienen demostrando que industrias como PORTA no serian sostenibles si incluyeran los costos ambientales, sanitarios, y sociales que externalizan permanentemente. Sin embargo terminamos luchando por la reubicación de la planta, y no por su cierre definitivo. Porque entran en juego los mitos de no atentar contra los derechos laborales de trabajadores que, igualmente al resto de los ciudadanos, son envenenados, explotados, y sometidos a condiciones indignas de sumisión y anulación de la capacidad creativa y liberadora, bajo leyes de flexibilización laboral mal interpretadas como derecho al trabajo.
Es controversial y preocupante que como ciudadanos siempre utilicemos las mismas armas que el sistema nos ofrece, para ir contra él. Recurrimos a leyes para ir contra otras leyes, creemos en una ciencia objetiva para demostrar lo subjetivo de la otra ciencia, pretendemos que la planta se vaya del barrio para dejar de envenenarnos sin saber a dónde se irán.
Hace ya casi 10 años como GRR denunciábamos en la Campaña Paren de Fumigar, que pelear por alejar las fumigaciones metros más o metros menos de las casas implicaba aceptar las trampas del modelo. Que hoy sigamos peleando por este tipo de conquistas demuestran que no nos hemos equivocado, y que la estructura legislativa del Estado ha servido para mantener el padecimiento de sus ciudadanos. La agroindustria negociable de los años 90 se desarrolló hasta traernos el maíz, que llegó para quedarse con nuevas estructuras que seguiremos avalando como sociedad.
Con lxs vecinxs de V.U.D.A.S., exigimos a la justicia la erradicación de la Planta, la reubicación de la misma con reconversión de los puntos críticos sobre la línea de producción, la remediación del ambiente contaminado y la reparación sanitaria y económica por el daño a la salud de los vecinos, que desde 2012 presentaron distintas denuncias por “la contaminación ambiental que detectaron ante el brote de cánceres, enfermedades respiratorias, oculares y dérmicas, entre otras alteraciones”. Ante las crecientes enfermedades que padecen como consecuencia de la contaminación ambiental provocada por la empresa, lxs vecinxs de barrio San Antonio y zonas aledañas presentaron ante la Dra. Mercedes Crespi –defensora oficial de la justicia federal de Córdoba- los resultados del segundo análisis de salud realizado en octubre de 2016. El informe menciona un alto incremento de casos de cáncer (el 50% de piel), problemas generalizados de piel (dermatitis, irritación, etc.), dificultades respiratorias (casi el 60% de la población), abortos espontáneos, afecciones digestivas y malformaciones (uno de cada tres nacidos). Mientras la ciudad de Córdoba presenta una tasa del 1,6% de malformaciones, en la zona analizada se observa un 28% de situaciones.
Celebramos la lucha hermanada de todos los vecinos y organizaciones, porque reconocemos que la única estrategia que nos permita defender los ecosistemas y sus comunidades de la avanzada de los agronegocios, es a través de la participación asamblearia de los distintos actores con los saberes aprendidos en el ejercicio de los vínculos. Para evitar que los barrios cordobeses dejen de someterse a la contaminación, y se liberen de la amenaza del riesgo a explosión, exigimos la erradicación de la Planta.
Pero somos conscientes que más allá de lo que la justicia determine, PORTA se reproducirá exponencialmente en cada una de las MiniDest que pueda comprar cualquier empresario con 1500 hectáreas de maíz y 3000 cabezas de ganado. Para cerrar sus ciclos de producción (agrícola – ganadero – energético), y abastecer de bioetanol a los motores flexibles del futuro. PORTA ya sabe que cualquier juez con sentido común, obligará la erradicación de la planta, por eso va orientando el negocio de producción de insumos, al negocio de ingeniería de procesos y de vender industrias llave en mano, con el lema “En tu campo, tu industria” para desligarse de potenciales avanzadas de Justicia Ambiental. Desconocemos si como sociedad estamos preparados para evitar que estos “granos de maíz” comiencen a explotar como pochoclos en la gran olla industrial del suelo argentino, para evitar que el paradigma productivista se infle de poder político y económico contra el equilibrio de los bosques y sus comunidades.
Para que el maíz pueda convertirse en pochoclo es necesario que su interior se mantenga húmedo. Esperamos, como sociedad, no cometer el error de regarlo con los mismos argumentos económicos que el paradigma productivista necesita. La esperanza se sustenta en ir quitando de a poco los maíces de esta gran olla, apuntando al decrecimiento transicional por un desarrollo a escala humana. Si en este proceso, los pueblos comprenden que la ficción alimentaria de los “chizitos” es combustible, no hay argumento acuoso que detenga el incendio.
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